Ya merito…

Ayer fue eliminado México otra vez en octavos de final del mundial de fútbol. ¿Qué fue lo que pasó? Por primera vez en 32 años de vida he visto a una selección capaz de competir al tu por tu con presumiblemente la máxima potencia del balón pie. Primero recapitulemos:

El juego da inicio y los dos equipos tratan de imponer su estilo de juego. Holanda sufre el clima, ya que se juega a más de 30 grados celsius y con humedad del 70%. México se ve bien, hace un gran partido, controla el medio campo, Hector Herrera parece un jugador brasileño de la vieja escuela, va, viene, lucha, gana, da pases, tira a puerta. Los defensas mexicanos han logrado contrarrestar la velocidad de los poderosos delanteros holandeses, anticipando todos los balones. Llega el medio tiempo, el panorama se ve prometedor.

Inicia el segundo tiempo, México vuelve a tener el balón, monopoliza su uso, y puede ofender fácilmente gracias a que el medio de contención Dejong, dejó el campo debido a una lesión. Al minuto 48, es decir, tres minutos después del inicio del segundo tiempo, Giovanni Dos Santos gana un pelotazo y entre tres defensas hace un tiro cruzado que se hunde en las redes holandesas. México se vuelve loco, la afición no puede creer que el equipo Azteca venza a una Holanda poderosa, y no sólo esté arriba en el marcador, sino que el juego que ha mostrado es muy superior a la escuadra europea.

Reanudan las acciones, México cede la iniciativa, increiblemente Holanda, ya sin piernas, va al frente, su única alternativa es dar pelotazos porque no tienen fuerzas para armar jugadas. México aguanta y en lugar de bajar el balón y salir controlando como los primeros 50 minutos, también dan pelotazos tratando de alejar el balón y pidiendo a la virgencita que acabe el partido.

Holanda hace su ultimo esfuerzo, diez tiros de esquina se suceden en veinte minutos. En el último tiro de esquina poco antes de que finalice el encuentro Holanda empata el partido. Unos minutos más tarde, el mejor jugador de la naranja mecánica, logra vender una falta que había estado intentando desde que inició el juego, dentro del área mexicana. Un penalty es marcado, y el terror se apodera de la afición mexicana….

México pierde 2 – 1 y no es por culpa del árbitro que marca el penal. Tampoco es de Robben, aunque es un tramposo, es parte de lo que la FIFA y los apasionados del deporte llaman “la escencia” del juego, es decir, que vale más la trampa y el engaño, que el talento.

México pierde porque cede la iniciativa, porque en lugar de seguir ofendiendo, se retraen con miedo, cuidando un golecito que les de el pase. Hay que cuidarlo con la vida, porque jamás le haremos otro gol a la poderosa HOLANDA. México pierde por temor a ganar.

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Gases de infancia

Antier recordaba durante una cena con mi familia festejando el cumpleaños de mi padre, un episodio casi olvidado de mi infancia, y decidí escribir los recuerdos que vayan surgiendo en mi vida, aquellos que casi se han borrado, pero que aún están ahí, escondidos en el baúl de la memoria, como lo llaman los corrientes; para recopilarlos en un compendio de memorias que vivan en la posteridad gracias a la inmortalidad de la Internet.

 

Recuerdo que cuando estaba en… ¿tercero? ¿cuarto? si, posiblemente tercero o cuarto de primaria yo era un niño pudoroso. Y los gases o pedos como la gente los llama siempre han sido un tema que me causa vergüenza no sé por qué. La cuestión es que nunca me ha gustado que la gente se entere cuando suelto un gas, ni el sonido que hacen, es más, ni siquiera cuando alguien hace el mismo sonido con la boca y las manos, o en la panza de los bebés.

 

Bueno, regresando a tercero o cuarto de primaria, yo me sentaba hasta atrás, debido a mi estatura. En la primaria al inicio del día, te forman por estaturas, entras al salón y en el mismo orden  te sientan. Al ser yo siempre uno de los más altos, si no el más alto de

la clase, pues siempre me sentaban hasta atrás.

 

No recuerdo si eran bancas individuales o para una pareja de alumnos, como fuera, ese día estaba yo sentado solo en la última fila. Justo enfrente de mi estaba el gordo jodón del salón. Siempre había un gordo jodón en los salones, eso cambió con el tiempo, ahora casi todos son gordos, y casi todos son jodones.

 

Yo tomaba la clase, y de la nada empecé a sentir cierta incomodidad. Mi estómago comenzó a moverse de manera inusual, como si un par de gatos se encontraran dentro y quisieran salir a empellones. Un dolor en el bajo vientre hizo que me apoyara contra la mesa y ocultara el rostro bañado en un sudor helado. Una vergüenza indecible me invadió. No quería comunicar a nadie que necesitaba urgentemente ir al baño, pero mis intestinos no dejaban de moverse lastimosamente. Comencé a dejar salir los gases producidos por la fermentación del alimento en mi tracto gastrointestinal. Me puse en una posición tal, que el ano quedaba al aire, fuera de la silla, de tal manera que podía expeler los gases al fondo del salón, sin que nadie se percatara de ellos. No sé si en su momento lo agradecí, pero ahora lo hago, a los dioses, a la naturaleza, a la casualidad, que los gases que soltamos no se ven, sólo se huelen.

 

La presión del intestino disminuía, no así  mi necesidad de defecar. Sin embargo aguantaba pidiendo al tiempo que corriera más rápido para poder ir al baño en mi casa, que era en el único que me sentía cómodo para hacer eso tan íntimo que es dejar salir la caca. Recuerdo el frío que recorría mi cuerpo, me sudaban las manos, la frente, las piernas. Ya no ponía atención a la clase, mi concentración total era en distinguir si el siguiente pedo no sería excremento.

 

Así estuve no se cuantos minutos, que para mi fueron horas, y sucedió lo peor que podía suceder: volteó el gordo del salón. No recuerdo su nombre, pero sí su cara hinchada, sus pómulos queriendo ocultar sus burlones ojillos verdes, su boca con labios demasiado grandes que ocultaban sus dientes chuecos, y su pelo rubio abultado. Volteó a pedirme no sé que, un lapíz o una goma, o algo, y entonces se dio cuenta del olor. Hizo una cara de asco y agitó su mano frente a su nariz, yo me volví el niño rojo, el frío dio paso a un calor que se instaló en mis orejas, y no sabía como hacer para que no hiciera más pancho y se dedicara a lo suyo. Pero entonces alzó la mano y pidió la palabra al profesor. Yo le imploraba, que no dijera nada, le rogaba que no me ridiculizara más de lo que ya sentía. Pero inclemente dijo: “Profesor, creo que Jorge quiere ir al baño”. Yo me hice tan pequeño, pequeño, pequeñísimo, que casi desaparezco del todo. El profesor me volteó a ver y me preguntó: “Jorge, ¿quieres ir?”, yo sólo acerté a mover mi cara roja de un lado a otro. El profesor continuó la clase y el gordo regresó a su lugar.

 

Después de unos minutos alcé la mano y le pedí permiso al profesor para ir al baño.