El guiso

febrero 27, 2013

G

reta, frente a la estufa, cocina una receta nueva de su propia invención. Su rostro amarillento, de ojos claros, tiene una mueca de satisfacción al probar cucharadas del estofado que prepara. Desde pequeña, su única satisfacción ha sido comer, por eso disfruta cocinar y también por eso pesa más de cien kilos. Vive con su madre, Juana, una mujer amargada y temible, que disfruta hacer la vida de Greta miserable. En ella desquita, todo lo que la vida le ha hecho. Nunca le permitió tener amistades ni le dio educación.

Hace año y medio Greta quedó embarazada. Ni ella ni su madre saben quién fue. Juana supone que fue un vecino del departamento de arriba. Un holgazán cuarentón que vive de la pensión de su madre y que lo único que hace es escuchar a los Beatles todo el día a todo volumen. Juana imagina que aprovechó cuando fue a misa para violar a su hija idiota. Greta no recuerda lo sucedido. Así es ella, olvida pronto sus tragedias. Tampoco recuerda cuando su madre la quemaba con la plancha, o cuando su padre la abandonó. Acepta su vida sin mirar atrás.

Cuando nació el hijo de Greta no lo hizo en un hospital. Su madre atendió el parto. En su juventud Juana fue partera, por eso, y porque no quería pagar por su nieto bastardo, ella lo atendió. Greta casi muere de una hemorragia, pero su enorme constitución la salvó. Juana, sin quererlo, se encariño con el niño. Cuando lo tuvo en brazos por primera vez, él le sonrió. En ese instante, toda la amargura de Juana se quebró. A partir de entonces su vida estaba dedicada a ir a misa, ver telenovelas, santificar a San Judas Tadeo y secretamente querer a su nieto. Juana pensaba que si alguien se enteraba de que quería a su nieto, le perderían el respeto. Creencia sin fundamento claro, pero ¿qué creencia lo tiene?

Juana sentada a la mesa le ordena con un grito a Greta que le sirva. Greta pone la mesa y sirve dos platos. Juana come un bocado y disfruta aquel sabor como hace mucho no lo hace. Greta come y observa a su madre de reojo para ver su reacción.

—      ¿Dónde conseguiste carne? — Juana pregunta. Greta sonríe picara, como una niña que acaba de hacer una travesura. — Nada más donde hayas pedido fiado cabrona y tú verás cómo lo pagas. — Insiste la madre comiendo otro poco.

Hace tiempo que no comen bien, porque todo sube menos la pensión de Juana y la gente da cada vez menos limosna a los acólitos de San Judas. Desde hace unos meses sólo comen papas con huevo o papas con frijol. No alcanza para más. El estofado de hoy es diferente, huele bien y pequeños trozos de carne tierna flotan entre las especias.

Cosa extraña, la televisión no está encendida como es acostumbrado. Ni siquiera se oye la radio del vecino. Un silencio inusual gobierna el ambiente. El único ruido que se oye son los cubiertos chocando contra los platos.

—      ¿Ya comió el niño? — preguntó Juana cuando termina de comer. Greta vuelve a hacer el mismo gesto travieso como única respuesta. — ¿Dónde está? Tráemelo para darle de comer. Qué raro que no esté chillando.

Greta, sin levantar la vista, en un susurro dice:

—      Ya no va a chillar. — mientras se acaricia el estómago y pasa la lengua por sus labios. — Ya no va a volver a molestar.

Juana horrorizada baja la vista a su plato y observa una uña del tamaño de un grano de arroz.

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