La mafia subterranea

octubre 11, 2012

Nos sorprende el poder del narcotráfico y su alcance. Hay quien culpa a la actual administración, hay quien culpa a la mafia del poder en el que están involucrados todos los ricos del país, al más puro estilo de “nosotros los pobres, ustedes los ricos”. Lo cierto es que los culpables somos todos los ciudadanos de esta república. Las omisiones, la vista gorda que todos tenemos, o nos hacemos cuando deberíamos alzar la voz, han provocado la situación catastrófica en la que nos encontramos.

Ofreceré un ejemplo de actualidad en la ciudad de México. En los últimos años ha crecido una mafia bajo la ciudad. Es curioso cómo inicia todo. Primero, algún emprendedor, que no cuenta con trabajo, se da cuenta que vender discos de audio en un puesto callejero es rentable. Principalmente porque no se paga renta ni impuestos y al ser copias hechas en casa, no se pagan regalías ni a la disquera ni al artista. Gastos que merman cualquier intento de generar riqueza si se quiere hacer por la “derecha”. Algún otro, piensa, acertadamente, que si el puesto es ambulante, es decir, que “deambula” o se mueve, puede llegar a más clientes potenciales. Así comienza uno a vender discos en el metro de la ciudad. Qué mejor lugar que ese espacio confinado que se llama vagón, en el que cada dos minutos pueden escuchar las propuestas musicales que ofrece el vendedor, alrededor de  cincuenta posibles consumidores.

Después del primero, no tardó mucho para que llegara el segundo, porque, cual hormigas, si vemos una idea “buena”, los mexicanos, estamos prestos a copiarla. Así llegaron más poco a poco. Yo recuerdo todavía cuando no había ambulantes en el metro, que bellos días aquellos, en los que se podía dormir unos cuantos minutos antes de llegar al destino

El crecimiento masivo de este tipo de entes, fue gradual. Nadie se quejó al inicio, porque no era molesto, a nadie le importaba que un  vendedor subiera  a ofrecer sus discos, dulces, plumas, lámparas, libros, diccionarios, cortaúñas, y demás productos de suma importancia, junto a los mendigos de siempre. Todos hicimos la vista gorda, incluso las autoridades.

El negocio creció y fue necesario que hubiera quienes administraran las subidas y bajadas de los vendedores, para evitar pleitos y asegurar que todos tuvieran la misma cantidad de clientes. Así nacieron los “líderes” esas personas con don de mando y perros de pelea  a su servicio, que se autodenominan dueños de líneas enteras. Si un vendedor quiere tener su oportunidad para vender sus productos en el metro, se las tiene que arreglar con estos tipejos. Dando una cuota diaria se asegura un lugar en los vagones. Los líderes le pasan su “mordida” al jefe de estación, y éste a su vez al delegado en turno. No hay manera de rastrear este dinero, es en efectivo y desgraciadamente no dan recibos ni notas que comprueben los pagos.  Es un sistema por completo honorable dónde la palabra aún vale más que los papeles.

Estos líderes, se hacen día a día más poderosos. Cada vez hay más ambulantes que tienen que dar su cuota y que inundan los viajes de los pobres tontos que tienen que usar el metro para llegar a sus destinos. Nadie puede decir nada ahora, porque cómo ya no es uno, sino decenas y hasta centenas de ambulantes los que gobiernan las rutas subterráneas, si alguien se queja es posible que lo golpeen brutalmente. Me he enterado que ha habido ocasiones en los que algún desafortunado tuvo algún incidente con un vendedor, y llegando al andén lo esperaban veinte más para ajustar cuentas. El jefe de estación no dice nada, obviamente, porque no solo está al tanto, sino que ha cedido poder  a los líderes de estos terribles grupos de comerciantes.

Ahora en el metro, además de los clásicos empujones, calor, y apretujones, se tiene que soportar música a todo volumen con bocinas que ya ni siquiera disimulan y que fácilmente podrían ambientar una fiesta callejera. El ruido es contaminación, y música no solicitada es ruido.

Tristemente cuando alguien que se fije en el problema y lo quiera resolver, proponga una ley para prohibir (que creo que ya existe) vendedores ambulantes en el metro, ¡estos alegaran que están en su derecho! Porque ahora todos tienen derecho de todo, sin importar los terceros que salen perjudicados. Y habrá pláticas con gente de la izquierda que alegue que el gobierno fue el que puso a esos líderes comerciantes, y que además el gobierno tiene la culpa, porque el gobierno tiene la culpa de todo. Los activistas dirán que son sus derechos fundamentales al trabajo, y tal vez terminen aceptando ese tipo de trabajo como un trabajo reconocido, y hasta les den seguro y prestaciones.

Analicemos esta situación. Los vendedores del metro están ocupando espacio público que no les corresponde. Ya nadie se puede “meter” con ellos sin que peligre su integridad. No pagan impuestos que todos los demás si tienen que pagar. Inundan la ciudad de contaminación sonora y más con la pinche música naca que ponen en sus altavoces. Y sin embargo van a exigir sus derechos.

Esta situación  a todas luces absurda es un ejemplo simple de cómo actúa la sociedad mexicana. El diagnóstico simplón es que es un problema más del gobierno, y que cómo tal, él debe ofrecer la solución. El diagnóstico complejo y que nadie quiere oír o leer, es que todos tenemos la culpa por permitir algo así. Sería tan sencillo acabar con eso, sin hacer leyes nuevas, ni discusiones. Simplemente no comprando los productos que venden en el metro. Si nadie comprara discos en el metro, dejaría de ser un nicho de mercado y se acabarían los vendedores, es simple economía.

Claro que la solución más simple es la más difícil. Porque estamos acostumbrados a la satisfacción inmediata de nuestros caprichos. Ya en otras ocasiones he dicho que somos una nación joven. Como ciudadanos somos como bebes llorones. Nos gusta que al chillar nos den teta. En lugar de esperar a comprar el disco que queremos en una tienda de discos, la cual pagará regalías a nuestro artista favorito, preferimos hacerlo en el metro, porque es “más barato” (lo pongo entre comillas, porque el costo social es alto, además de que en las tiendas de discos ya se encuentran bastantes accesibles los precios), porque está en nuestro camino (una vez más, la comodidad ante todo), y porque “si no lo hago yo, lo hará alguien más”. Esta mentalidad absolutamente egoísta es la que tiene sumido al país en la miseria. Esta necesidad de satisfacer mis deseos a costa de los demás. La nula conciencia cívica de vivir en sociedad. Son los verdaderos males que habría que combatir. Porque los gobiernos van a ser siempre de gente del mismo pueblo, y al igual que ellos verán siempre por si mismos antes que por los demás, pero cómo podemos exigirles ser diferentes, si todos los mexicanos somos así.

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